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martes, 26 de noviembre de 2013

BLUE JASMINE, de Woody Allen




Estados Unidos, 2013

El infinito placer de saber que Woody Allen estrena nueva película, la inexplicable sensación de sorpresa que siempre se experimenta, la perplejidad con la que hemos de sentarnos frente a una pantalla que puede paralizarnos, extenuarnos, decepcionarnos o volvernos locos.

El blues que se nos cuenta no resulta novedoso, sino que recuerda a una vieja historia entre Vivien Leigh y Marlon Brando. La obra de Tennessee Williams encandiló a varias generaciones y seguirá haciéndolo, y es que "Un tranvía llamado deseo" goza de una universalidad que impregna cualquier sociedad postmoderna: con altibajos, inmigración, quiebras financieras y realidades paralelas. La diferencia de clases como bandera, dejando como asta la explicación del mismo fenómeno.

Esa es la diferencia entre el neoyorquino y Elia Kazan. El primero sólo atiende al porqué de la desigualdad, queriendo penetrar en si es algo que se hace o se nace. El segundo, griego y emigrante en diferentes sentidos, buscaba un duelo mayor al no penetrar tanto en la significación, sino en el conflicto entre personas que provienen de diferentes pasados. También cobra mucho sentido en ambas obras la imposible reducción de la dicotomía a un simple aprendizaje. Kazan volvía una y otra vez sobre el origen de los protagonistas (Brando era polaco), como queriendo exponer su independencia cultural, irreductible en términos de entendimiento, como hemos visto. Allen repite que las hermanas vivieron juntas en la infancia, aunque de genes distintos. El griego, caminante huido por naturaleza, hacía hincapié en lo que de patriótico tiene el trabajo para un pueblo. El de Brooklyn no suele hacer carrera de una significación patria o un sentimiento de pertenencia. Para el primero la nación te engendra culturalmente en la tierra, para el segundo es la ciudad, igual a cualquier otra, la que te amamanta, de ahí probablemente la diferencia.

Como decía, este blues no es llamativo por casi ninguna de sus facetas. Los personajes ya los hemos visto en muchas películas (algunas del propio Woody), la eterna desdicha en las relaciones humanas también es recurrente en su filmografía y los exteriores no son principalmente atractivos. Blanchett es una diva, y por ello merece que la cámara se centre sólo en ella. También celebramos la interpretación de Cannavale, que a muchos se nos coló en la retina gracias a Boardwalk Empire, y poco más, pues no hay mucho más que resaltar a nivel dramático.
Los ojos de Cate brillan azules, aunque por desgracia brillan más que la película en su conjunto. Sentimos una pequeña decepción por no salir maravillados de la sala, y es que realmente lo que venimos a ver es el espectáculo de ese señor mayor bajito que tanto nos hace vibrar. Seguiremos viendo qué lanza Woody Allen aunque no siempre saltemos de la emoción. Esta vez no es de las mejores, pero de haber sido otro autor, le habríamos concedido mejores críticas. La película en su conjunto es buena, con un guión eficaz, entretenido, cómico a ratos pero trágico como siempre. La clave se descubre en las perspectivas de las protagonistas. Una es rica y desdichada por no encontrar la pareja adecuada y haber sufrido una crisis económica. La otra es pobre y desdichada por estar siempre rodeada de sinvergüenzas paletos y no encontrar a nadie mejor. Sin embargo, pese a esta aparente igualdad, la segunda no es siempre consciente de su situación y vive ciertos momentos de alegría o pasión. Mientras que la primera, Cate Blanchett, siempre atiende a su desdicha como efecto de sus acciones, por lo que nunca podrá encontrar la no tan alejada felicidad, aunque sea momentánea. Esa diferencia de consciencia hace de una y la otra personajes completamente opuestos en su búsqueda de objetivos. Es ahí donde quiere centrarse el genio de Allen, aunque para ello no haya apretado la tecla más adecuada y nos resulte una película algo impostada, forzada (decía Boyero).

Azules, pero con la significación anglosajona. Unos ojos tristes, de desconsolada desdicha, que brillan por el trabajo constante de un lagrimal que no deja de trabajar en su contra. Un blues, el que toca Woody Allen y nos hace llorar. Un jazmín destinado a florecer y que sólo parece marchitar. Una "Blue Jasmine" que parece titilar en llanto antes de su propia primavera. Tal vez sea que este estreno ha sido algo más invernal que de costumbre, llegando dos meses después de lo que nos tenía acostumbrado en los últimos años.

Allen nos regala este blues, pero sólo como intentona de explicación, como asta de una bandera que ya nos regaló Tennessee Williams y Elia Kazan llevó a la gran pantalla. Asta que no brilla tanto, pero que entretiene y se agradece.


Valoración: 7,3