lunes, 20 de octubre de 2014

NO, de Pablo Larraín




Chile, 2012

Pablo Larraín dibuja el horror y la esperanza de una realidad no tan lejana pero demasiado antigua. Desde una perspectiva de reflejo social, apertura crítica y repaso histórico, la película nos asoma al plebiscito que el dictador Pinochet organizó en 1988. Todos contaban con el amaño del mismo, así como con el imposible éxito de los críticos con el régimen. Sin embargo, no contaban con que una buena imagen, guiada por mentes brillantes, podría girar ese convencimiento hasta llegar a la duda. Duda que haría resquebrajar lo poquito que quedaba de seguridad en aquel estúpido y doloroso totalitarismo que tantos otros países también sufrieron paralelamente.

Pero no es otro relato más sobre lo mal que funciona el mundo y qué buenos son los que lo quieren cambiar. De hecho, lo que Larraín nos cuenta va más allá del cambio político, de la necesaria dignidad. Todos esos elementos son inherentes a estos procesos, pero juegan un papel secundario en este proyecto. "No" es un descubrimiento de lo que de verdad genera esos cambios, de lo que detona la única posibilidad de movimiento ciudadano. Y ese papel se lo encarga, total y dedicadamente a Gael García Bernal, que aguanta todo el peso de una película algo larga, difícil de ritmo y de discurso algo pesado y torturador.


Gael es René Saavedra, creativo de una empresa publicitaria. Su visión de futuro no pasa por la muestra realista, sino por la función más apelativa de la propaganda. El cambio estético era el fundador de todo otro cambio político, pero sólo una lucidez mayúscula podía liderarlo. Saavedra idea una campaña para luchar por el "No" ante Pinochet con unas imágenes hiper-conativas de felicidad, futuro, idealismo individual y liberal con la que otra propaganda "gringa" ya había impregnado los medios décadas atrás. Para el mundo no era algo original, pero sí muy novedoso para ese Chile ahogado en la ignorancia, la impotencia y el continuo dolor.

Que los buenos ganen y los malos claudiquen es algo que a todos gusta, pero como la historia ya estaba escrita, no es el final lo que hemos de destacar de una película así. La crudeza con la que se señala la presión y el miedo es admirable, pero reitero la increíble apuesta por el personaje principal, quien revoluciona el pragmatismo que liberaría a todo un país. Un creativo siempre tiene la mente en otro sitio, o distribuida de otra manera, y eso los convierte en genios en movimiento, por eso René Saavedra prefiere desplazarse en ese patín que le aleja momentáneamente de este mundo.

Es una cinta de carga de responsabilidad y ternura, pero no cae en el tópico (no en todos) de la lucha de bandos. La ambientación es perfecta, la adecuación es correcta, aunque los planos no siempre gozan de una belleza llamativa.

Una película modesta que arroja una idea interesante, pero que tampoco recomendaremos con el énfasis de una joya a regalar. 


Valoración: 5,7