domingo, 27 de julio de 2014

THE BROKEN CIRCLE BREAKDOWN (ALABAMA MONROE), de Felix Van Groeningen


Bélgica, 2012

Desde Gante, con el embrujo del artista, la intimidad europea y la pretensión universal estadounidense.

Este dúo Alabama-Monroe es la historia desdichada de un maniqueo formato de dolor. La premisa de la que nace tiene un recorrido tan corto que las dos horas de metraje se hacen un poco largas y, no obstante, he de recomendarla. Un pareja de artistas se entrelazan en una relación fuera de la tradición: ella tatuadora sin barreras, él músico de bluegrass sin estructura formal alguna.

Con una fotografía digna y unos travellings admirables, se nos conduce a una embriagadora atmósfera sinestésica. Sin embargo, el guión no goza de la soltura que la producción destila. El discurso resulta agotador y pronto nos vemos dentro de un drama insostenible. La idea no es original, pero se lleva con mucha sensibilidad. Los largos tragos amargos se combinan con lánguidos ratos de tristeza, por lo que no es fácil mantener el ritmo que nos impone un torturador y poco comercial Groeningen.

Por centrarme en el contenido, diré que la relación entre los dos protagonistas se advierte desde el comienzo si bien el trato que se les da a ambos es muy cariñoso y carismático. La hija que tendrán (no hay spoiler, pues se sabe desde el comienzo) sufre una enfermedad que les llevará a la máxima dolencia emocional. El autor nos quiere hacer partícipes con canciones que intercala poco a poco y consigue la emoción en los puntos álgidos, nada fácil para una historia sin sorpresas. Las interpretaciones están a la altura y son las que salvan ese guión sin detalle. Y gracias a ellas luce una película más que solvente frente a las posibilidades técnicas que ofrecían los primeros minutos.

Es casi al final cuando el estilo da un giro y se envuelve en un halo onírico. Los colores y las definiciones se vuelven ambiguas y gozamos de unos minutos de intriga. No dura mucho y vuelve a la repetitiva discusión. No es que los personajes pequen en su actitud, sino que a pesar de la profundidad, creo que les falta algo de pasado que justifique sus decisiones y cambios. Tal vez el excesivo peso que llevan los dos, sin poder descargar nuestra atención en otro punto, propicien una sensación de agobio que no siempre sienta bien.

En su conjunto es una producción notable, con unas interpretaciones superiores, pero de guión falto de ambición. La intimidad propia de este continente ayuda en la creación detallada, pero falta originalidad en la temática, así como matices que le den a la película un aura personal que recordemos más adelante. La madurez con la que se afronta el proyecto recuerda a más a las intenciones estadounidenses por esa universalidad que abarca cualquier público. Es en la banda sonora y algunos planos de gritos silenciados donde brilla la expresividad y donde más se agradece. Sin duda la música y las dos interpretaciones son las piezas claves.


El amor por un estilo, la necesidad de vivir el presente son estructuras tan vivaces como dañinas, tan afables al momento como infructuosas en futuro. Y esa desdichada visión atraviesa toda la película aportándonos la amargura y la dulzura de una juventud que pronto ha de pasar, pero sinceramente, Jorge Manrique o el punk fueron mejores estandartes de esos tópicos. Siempre podremos cambiar nuestros nombres, tatuarnos aquellos momentos y seguir brillando como estrellas a pesar de morir.


Recomendable hachazo de dolor.

Valoración: 7,1